José Ramón Vega, el hombre de la cámara

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José Ramón Vega González (León, 1962) se ha convertido por derecho propio en uno de los mejores fotógrafos retratistas de nuestros días, manejando con inusual maestría los instrumentos que el tiempo puso a su alcance para crear obras en las que su arte resulta familiar, fácilmente reconocible sin dejar por ello de sorprender y hasta hipnotizar.

¿Cómo lo hace? ¿Cómo consigue que en ocasiones no podamos dejar de mirar ese cuadro? Desde aquellos primeros retratos, el hombre tras la cámara imagina el rostro que centra en el objetivo, lo contempla una vez ubicado en el punto justo, le observa y le atrapa en el rapidísimo momento en que se abre y cierra un obturador. Solo él sabe cuando llega ese instante justo, el tiempo que tarda ese rostro en convertirse en su imagen.

Desde aquel primer concurso que ganó con un retrato de bicicletas –pues las fotos de José Ramón son retratos precisos aunque no figuren personas en ellos, sea el silencio de un bosque sobrecogedor, un cielo pintado o las bicicletas en el taller de un amigo-, el hombre de la cámara llega a esa imagen con método cuidado, aprendido y perfeccionado con el tiempo, el tiempo transcurrido hasta convertirse en un retratista rotundo. Aquel muchacho tímido que capturaba imágenes insólitas casi escondido tras una caravana durante la Fiesta de una barriada de pescadores en Isla Cristina comenzó a diseñar sus escapadas en función de los sitios a fotografiar, y ya entonces capturaba aquel hermoso blanco y negro que le definiría, aquellos relámpagos sobre el agua en forma de muchachos bañados por el sol que zambullían sus cuerpos relucientes por los últimos rayos de la tarde en las sucias aguas del puerto.

Una trayectoria que comienza en su deambular por la ciudad de París, donde descubre asombrado el arte de la fotografía. Comienza a disparar José Ramón con una Canon AE-1 –que guardo ahora en una especie de tesoro fascinante, objetos que no han de perderse- y una lente de 50 mm, de la que no se cansaba de repetir “No hay como un cincuenta para el retrato”. Eran fotos a sus amigos, a la familia, a su chica… Desde aquellos primeros retratos en un pueblo perdido de la montaña del Bierzo, Sobredo, al que llama su pueblo; de aquellas primeras fotografías arrebatadoras -la cama de sus padres, los viejos, el cielo de León desde su habitación- a los célebres retratos de ahora hay toda una trayectoria marcada por su rendida admiración a los clásicos norteamericanos y a Martín Chambí, a Salgado, a su paisano Alberto García Alix, pero sobre todo, rehuyendo de academicismos, de cursos impartidos y escuelas, José Ramón aprendió en las calles de París y en los cines de su ciudad de León. En los clásicos habría que incluir por tanto a Gregg Toland –el Toland de “Las uvas de la ira y de “Ciudadano Kane, a Stanley Kubrick y todo el bagaje que adquirió en el cine que amamos, en todos esos ciclos del CineClub Universitario, en el Trianón y en aquellas excursiones planificadas para absorber imágenes.

Este hombre, cuando el retrato es el imaginado, como el músico que no precisa escuchar la partitura que ya tiene desplegada de principio a fin en su cabeza, conoce, al elegir precisamente ese momento y no otro, todas las perfecciones e imperfecciones del hecho consumado sin necesidad de verlo. Ha robado el alma del retratado, que cobra vida en el papel y parece observarnos desde la emulsión química. En palabras de su admirado Catalá Roca, “al hacer una fotografía tenemos tantas posibilidades, puntos de vista y situaciones que el mero hecho de escoger ya es una creación”. Desde su primera y rendida admiración a los magos de la imagen, José Ramón Vega ha seguido esa misma senda que busca en la vida momentos que no han de caer en el vacío, no merecen olvidarse, y se ha convertido él mismo en su guardián, creador y mago. Nos obliga a preguntarnos, como al creador de ilusiones tras una actuación, “¿Cómo lo hace?” ¿Cómo consigue capturar tanta expresividad? Haciendo válidas y aplicándole a él otra vez las palabras de Catalá Roca, éste decía sobre sí: “No he tenido nunca problemas con la gente que fotografiaba; he tenido la intuición, sabía cuándo pedirlo y cuándo no”. Solo puedo decir, a título de anécdota personal, cómo logró ese rostro exageradamente serio aquella vez, una de tantas veces que el artista robó mi alma. Nada más llegar recuerdo que me regañó con palabras estudiadas por haber acudido algo tarde a la cita, algo inverosímil porque la tardanza no podía considerarse ni siquiera retraso; me reprendió con la intensidad justa para provocar allí mismo, en el Hotel Quindós, la indignación que muestro en la fotografía. “Esta es mi cara, termina rápido”, le digo en silencio tras un enorme bigote que me hace parecer aun más serio, puedes decirme lo que quieras que no te voy a hacer caso. Logró su objetivo, una vez más, esa no era mi cara, sino la cara que él quería. Hay que agradecerle habernos dejado entrar en su mundo, vernos a nosotros mismos a través de su visor, entre otras cosas. Muchas gracias, artista.

Por Aníbal Vega Núñez

 

José Ramón Vega participa actualmente en la exposición “Retratos” que tiene lugar en el Hotel Quindós. Está trabajando asimismo en un importante proyecto editorial que pronto saldrá a la luz y el 29 de Mayo presentará unos montajes fotográficos, a modo de crónica visual, sobre los encuentros de “Dolores de Poesía en los Bares” dentro del programa Nombrando el porvenir (encrucijada de poetas), comisariado por Eloísa Otero, Vicente Muñoz y Víctor M. Diez para el MUSAC.

Las fotografías de José Ramón se pueden disfrutar en http://maqroll.shutterchance.com/photoblog/  

Aníbal Vega Núñez escribe sobre el mundo del cine en  http://pianistaeneltejado.blogspot.com.es/

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