Obra de la semana: Boris Woronzow

 

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Sin título, c. 1995
Óleo diluido sobre táblex
Mancha: 20,5 x 21,5 cm
Marco: 39 x 36,5 cm
Valor: 450 €

 

Hijo de emigrantes de la aristocracia rusa, Boris nace en Berlín, ciudad en la que vive hasta finalizar sus estudios de Ciencias Políticas. En Suecia amplía su formación con estudios de publicidad, fotografía y cine durante tres años antes de trasladarse definitivamente a Venezuela en 1949 huyendo de la II Guerra Mundial. Una vez allí comienza a desarrollar trabajos publicitarios que compagina con la dirección y producción de varios documentales, uno de los cuales fue premiado en el Festival de Cine de Edimburgo. En 1960 su interés por las artes le lleva a realizar los estudios de dibujo y pintura en el Taller Libre de Arte en Caracas y comienza a exponer por el país y en el extranjero. Trabaja asimismo con la cerámica (murales y esculturas), esmalte sobre metales (joyas), orfebrería, y  serigrafía.

Realiza su última exposición en Caracas en 1983, momento en el que comienza a investigar una nueva técnica de pintura al óleo diluido sobre una superficie lisa, técnica que llega a dominar y que utiliza desde entonces, aportando unos acabados muy personales a sus trabajos que no mostrará al público hasta que su familia decide sacarlos a la luz tras fallecer el artista.

En sus obras se pueden apreciar influencias de prácticamente todas las vanguardias artísticas que a principios de siglo surgieron en el Norte de Europa. Conceptualmente tienen grandes similitudes con el surrealismo analítico; Boris se centra en realizar un análisis muy personal de la realidad del momento, centrado en el ser humano y con una total ausencia de paisaje. Sus obras son reflejo de las vivencias y miedos vividos durante su infancia huyendo de diferentes conflictos. El resultado son unas obras muy complejas, intrigantes, en las que el hombre aparece a la vez como juez y verdugo, como símbolo del poder y del sufrimiento. Estilísticamente el artista lo resuelve con el contraste entre las líneas y ángulos rectos realizados con una piedra ojo de tigre frente a otras figuras con un estilo más suelto y libre, sin detalle, realizadas con pincel, repartidas por un espacio descompuesto en diferentes planos y una iluminación absolutamente irreal. La paleta de colores intensifica la trascendentalidad del ambiente.

 

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